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6.2.12

Good Grief, Prismal!






Salvar el mundo, pagar la renta, salir con mi chica, rescatar a la tía May de su sexto infarto y su ultimo marido supervillano. Al parecer tengo todo cubierto. Pero no, al llegar a la redacción una voz cavernosa y fúrica salé de la oficina del director.
-¡Sánchez! ¿Donde está ese bueno para nada? ¡Lo quiero en mi oficina ahora mismo!
Es nada más y nada menos que la voz de Prismal, mi editor. Con un puro a medio quemar, los ojos inyectados en sangre, comienza a maltratarme psicológicamente.
-¿Dónde está ese articulo sobre Charlie Brown, maldita sea?
-Prismal, yo... yo... -aun no me recupero del ajetreado día y no alcanzo a articular excusas coherentes. Lo había olvidado por completo.
-Tranquilo, Prismal. Es joven. -quien así intenta defenderme es E. Rocha, el bonachón jefe de redacción quien, por alguna razón (?), siempre se encuentra en la oficina del jefe.
-Al carajo Sánchez, cuando tenía tu edad yo ya había fundado un periódico y sacado adelante a mi familia, no vuelvas a pararte por aquí hasta que no traigas el articulo sobre Brown. Y olvidate de tu paga.
Así que, sin cobrar mi cheque, salgo a la calle en medio de la lluvia. El día melancólico y oscuro se cierne sobre la ciudad como una mala premonición. ¿Charlie Brown? ¿Peanuts? ¿Qué puedo decir, sin temor a cometer un error, de la tira cómica más famosa de todos los tiempos? Una tira que duró 50 años y publicó casi 18 mil entregas. La historia más grande de todos los tiempos contada por un sólo hombre. Más extensa que Guerra y Paz, que el Castillo de Kafka, más inmensa que Ulises y En busca del tiempo perdido juntos.

Por si fuera poco, hay que agregarle una infancia en provincia y mi encuentro tardío con la obra de Charles M. Schultz.


Chihuahua, Chihuahua, México, años ochenta y noventa. Los periódicos locales publicaban Marmaduke y otras comic strips genéricas. De vez en cuando, escondido en el clasificado, Robotman aparecia intermitente junto a otras cosas que no vale la pena mencionar. Pero de Peanuts nada. En la casa, mis padres de izquierda tenían varios tomos de Mafalda, pero de Peanuts nada. Para colmo, algo raro pasaba en esa ciudad. El canal cinco, XHGC, no se repetía en el estado. Crecí (aunque eso no estuvo tan mal) viendo los programas de IMEVISION, el canal del estado que pasaba caricaturas culturales canadienses, producía los Cuentos del espejo, con el entonces desconocido Andrés Bustamente y rellenaba su barra infantil con extraños programas japoneses producidos por la NHK. No me quejo, Kiko, Taro y Kika o Me lo contaron en Japón, resuenan con cariño en mi cerebro, pero de Peanuts nada. Nunca tuve la oportunidad de niño de ver el famoso especial de navidad de Charlie Brown, nunca conocí la historiá de la calabaza de Halloween. Por supuesto, ante la apertura del mercado mexicano en los años noventa las tiendas de regalos y chucherías se comenzaron a llenar de parafernalia de Snoopy, el simpático beagle compañero inseparable de Charlie Brown, pero en mi mente no concebía nada parecido a las aventuras de Charlie, Linus, Lucy y Patty. Para mi Snoopy era como un sucedáneo canino de Garfield, de quien si había tenido la oportunidad de leer algunas historietas.

Tenía 14 o 15 años cuando comencé a leer Peanuts en una edición ajada y amarillenta que compré por cinco pesos en una librería de viejo. Fue una buena edad. Tal vez más joven, y sin el antecedente endulcolorado de los especiales de televisión, algo profundo se me hubiera escapado. Una melancolía intensa emanaba de aquellas historietas. Charlie Brown es un niño incomprendido por los adultos, quienes solo balbucean onomatopeyas sin sentido cuando se intenta dialogar con ellos y a veces logran que los personajes infantiles terminen expresando su frustración en voz alta. Charlie Brown es un perdedor eterno, malo para los deportes, incapaz de comprender a las niñas, con la sensibilidad a flor de piel pero sin la genialidad intelectual de Schroeder o la dura corteza exterior de Patty. Vamos, que Charlie Brown es la biografía de cualquier adolescente normal que lo lea.

Creado en 1950 y continuado sin interrupciones hasta el año 2000, Peanuts (el nombre que le puso el primer editor y que Schultz siempre detestó) no sólo fue la tira cómica sindicada más exitosa de todos los tiempos (seguida de lejitos por Calvin y Hobbes y Garfield) sino que definió las mismas bases de lo que tenía que ser una tira cómica. Gracias al éxito de Schultz se estandarizó la entrega diaria en cuatro viñetas a blanco y negro y una entrega semanal de medía página de diario (o una de suplemento), la cual podía ser a color. No fue fácil, las aventuras de Charlie Brown comenzaron a publicarse en un periódico local bajo el nombre de Li´l folks y en un par de años fueron canceladas. El humor sombrío e intelectual de Schultz era demasiado para un periodiquito de Minessota. Fue hasta que se acercó al poderoso United Features Syndicate cuando llegaron los laureles y ambos, autor e historieta (rebautizada) lograron salir del anonimato. Un historia americana de éxito basada en la historia de un perdedor americano.

Charlie Brown triunfó, además de por el talante depresivo de su protagonista y las bromas de corte intelectual con frecuentes referencias a la psicoterapia, por la inteligencia que todos los personajes demostraban. Shcultz se negó a tratar a los niños como tontos, tanto a los que dibujaba y escribía como los que sabía que le leían todos los días en sus casas. Los personajes de Peanuts han creado su propio mundo, una versión miniaturizada del mundo adulto que funciona a la perfección para retratar los absurdos de la sociedad y de nuestro comportamiento. Snoopy mismo pasa de comportarse como un simple perro a tener todo tipo de pretensiones que nunca logra concretar, pretensiones la mayoría de ellas literarias. Lucy es una abusadora hecha y derecha, al grado de ofrecer ayuda siquiátrica por cinco centavos a su, casi siempre victima, Charlie Brown, dejándolo siempre más confundido que antes (cualquier parecido con la realidad...). Schroeder es un pianista genial, un artista adorable, a quien queremos sin darnos cuenta pero que invariablemente demuestra sólo estar preocupado por su arte al grado de ignorar a sus amigos. Linus es un ingenuo, un niño frágil y pequeño aunque poseedor de un corazón de oro. Su mantita, un objeto de transición que debió haber dejado a los cuatro años, lo acompaña día y noche para todos lados. Hay niños increíblemente sucios, como los que todos conocimos, niñas enamoradas e impredecibles, ñoños, matados, bailarines, adultos ilógicos, gorriones de una seriedad maravillosa e interminables partidos de fútbol americano y de beisból donde Charlie Brown, negado a ser un héroe americano, pierde irremediablemente.

Empapado hasta los huesos, no me atrevo a entrar a casa pero tampoco a regresar a la oficina. 18 mil tiras cómicas después, 355 millones de lectores en 75 países diferentes, 40 especiales de televisión y una serié de gran éxito, miles de recopilaciones en todos los formatos habidos y por haber, peluches, tarjetas, balones, billones de dolares ganados... ¿que podía yo escribir sobre Charlie Brown? ¿Cómo contentar a mi furioso editor? Podría decir que South Park es una copia barata que funciona bajo los mismos términos sólo que en guarro. Podría decir que Garfield y Calvin y Hobbes le deben la vida al prepararnos a los lectores para un humor inteligente. Podría decir que Quino leía Peanuts de contrabando... podría... podría...
La lluvia sigue cayendo y me siento más confundido que un personaje de Charles M. Schultz.

28.1.12

Esos franceses están majaretas




Tuve la fortuna de nacer en un hogar donde se fomentaba la lectura, mis padres siempre procuraron que sus hijos tuviesen libros a la mano, libros de todo tipo, de cuentos infantiles y no tanto, enciclopedias, revistas y demás. Los fines de semana, cuando querían darse un descanso, me llevaban a la sección infantil de la biblioteca pública en donde devoraba, más que nada, las historietas. Parece ser que ya desde entonces era un pakito (nerd mexicano). Pero en la biblioteca principal de Chihuahua eran inteligentes y le metían a los niños el conocimiento sin darse cuenta. Se hacían juegos, actividades o simplemente cuidaban que los libros que ponían a nuestra disposición fuesen de calidad ejemplar. Ahí conocí Proteo Fuerza 10, las aventuras de un fantástico androide metamorfo, quien en sus peripecias a través del universo y del microcosmos, me enseñó más de ciencia y de historia natural que lo que pudieron enseñarme después en una interminable sucesión de escuelas publicas. Ahí, un día en que algún gandalla me ganó el tomo de Proteo que deseaba leer, cogí como no queriendo un libro de Astérix el galo. Los dibujos de la portada eran bastante sugerentes y al abrirlo me encontré con una relación de personajes. De inmediato me atrapó y no lo pude dejar. Hoy, veinte años después, cada que encuentro un tomo de sus aventuras en algún café o tiendecilla, lo abro automáticamente y comienzo a leer.

Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor...



Como se puede adivinar, el comic trata sobre las aventuras de Astérix, un galo pequeño y narizón, cuyo ingenio y valentía lo meten en innumerables problemas así como lo sacan de ellos. La aldea de Astérix está rodeada de campamentos romanos, aparentemente más por una medida de contención que de represalia, y es que Panoramix, el druida de la aldea, posee el secreto de una poción mágica que dota a quien la bebe de fuerza descomunal e invencibilidad. Los romanos no tienen oportunidad cada vez que estos galos se organizan y les tunden entre gritos de “¡el de la derecha es el mio!”, o “¡no empujen, no empujen, hay romanos para todos!”.


A Astérix le acompaña su mejor amigo, Obélix, un hombretón grande y gordo, tallador de menhires * de la aldea, y además, repartidor de estos a domicilio. Obélix posee los efectos de la poción mágica de forma permanente, ya que de niño se cayó en la marmita donde Panoramix  la guardaba, y además, se la bebió toda. Posee un pequeño perrito llamado Ideafix, el cual los ha sacado de más de un apuro y es simplemente la adoración de su dueño. Si Astérix es todo valentía y astucia, Obélix es puro corazón y fuerza bruta. Juntos conocen egipto, las pirámides y a Cleopatra, Platican con el mismo cesar, visitan América, Inglaterra, pelean con piratas y vikingos y hasta son coronados en los juegos olímpicos.

Creados por René Goscinny (guion) y Albert Uderzo (dibujo)**, y aparecidos por primera vez el 29 de octubre de 1959 en la revista "Pilote", Astérix y Obélix fueron un éxito instantáneo. Pronto dejaron el formato álbum de revista europeo, que juntaba diferentes historietas de diferentes autores en un mismo cómic (como Heavy Metal o El Gallito) y comenzaron a publicar sus aventuras de manera independiente. Han sido traducidos, junto con Tín-Tín, a prácticamente todos los idiomas que cuenten con lectores (existen incluso ediciones en esperanto), son símbolo de la cultura francesa y han tenido múltiples adaptaciones fílmicas, con Gerard Depardieu como Obélix. En los videojuegos no han tenido mucha suerte, y aunque desde los tiempos de Atari han sacado un titulo en cada consola habida y por haber, casi siempre han resultado juegos de plataforma mediocres y sin importancia.
¿Cual es el éxito de Astérix? La comicidad de Goscinny es simplemente legendaria, sus juegos de palabras y su constante coqueteo con el anacronismo y los tópicos nacionales europeos han logrado que medio mundo lo celebre. Personajes exagerados, sensibles, inteligentes, ingleses que beben agua hervida, pues en el 50 a.c. aun no se descubre el té. Godos militarizados al estilo de los prusianos del siglo XIX de nombres impronunciables, españoles muy majos, griegos ruidosos y con muchos parientes, italianos ardientes o corruptos, ningún país se salva. Goscinny demostró que el mundo podía reírse de si mismo. Por otro lado el talento de Uderzo para el gag visual es insuperable, las viñetas sin texto son hilarante por sí mismas y el diseño de los personajes, tan europeo, es maravilloso. En fin, que Astérix conjuntaba humor para chicos y grandes, humor sano, blanco, culto y desternillante.

Goscinny murió en 1977 y esto detuvo un tiempo la publicación de más aventuras de los galos y sus amigos. Uderzo retomó después y por demanda popular, dibujo y escribió más tomos para los insaciables admiradores. Confieso que no he leído casi ningún tomo editado después de la muerte de Goscinny. Uderzo, a fuerza de convivir e ilustrar tantos años sus guiones, le aprendió algunos trucos, pero no posee la genialidad del fallecido. Recién me he enterado que Uderzo acaba de pasar la estafeta y que Jean-Yves Ferri se encargará de los guiones y los hermanos Frédéric y Thierry Mébarki serán los dibujantes. Así que tenemos Astérix para rato, aunque la calidad ya no sea la misma. Pero eso muchas veces a los fanáticos poco nos importa.

**Hay que mencionar que fueron creadores de más historietas, tanto independientemente como en conjunto. Oumpah-Pah, por ejemplo.